Editorial: De la desconfianza a la potencia - Por qué Vaca Muerta marca un cambio de era en Argentina
Para entender el valor de este momento no hace falta ser economista ni dominar números complejos. Alcanza con tener memoria.
Durante casi dos décadas, a los argentinos nos hicieron creer que el Estado podía controlar los precios por decreto, regalar las tarifas y castigar la inversión privada sin pagar consecuencias. El resultado de esa receta interventora lo sufrimos todos en la vida cotidiana: falta de combustible en las estaciones de servicio, cortes de luz recurrentes, obras paralizadas, una inflación desbocada alimentada por la emisión sin freno y un país aislado del mundo, arrastrando juicios millonarios por expropiaciones mal hechas. Teniendo bajo nuestros pies una de las reservas de gas y petróleo más ricas del planeta, terminamos importando barcos de gas con las pocas divisas que le quedaban al Banco Central. Dejamos al paciente al borde del coma.
Hoy, la foto en Neuquén muestra un panorama radicalmente distinto. La visita del FMI como un "aliado estratégico" no viene a auditar un país en bancarrota ni a imponer recetas de apuro, sino a validar lo que la realidad ya demuestra: cuando hay seguridad jurídica, disciplina fiscal, libertad de mercado y respeto por las reglas de juego, los capitales privados llegan, las empresas invierten y los recursos naturales se transforman en riqueza genuina.
Vaca Muerta ya no es una promesa abstracta ni un slogan de campaña. Es producción real, etapas de fractura récord, gasoductos funcionando, empleo de calidad para miles de familias de la cuenca neuquina y, sobre todo, una fuente inagotable de dólares legítimos que entran al país gracias al esfuerzo del trabajo diario, no del endeudamiento ni de la máquina de imprimir billetes.
En un mundo convulsionado por guerras y crisis de abastecimiento, la Argentina no solo deja de ser un problema regional: empieza a ser vista como una solución energética global. El gas que sale de nuestro suelo es el combustible de la transición, la garantía de que el país puede abastecer a sus vecinos y venderle al mundo con orgullo patagónico.
El mensaje que deja esta visita histórica es claro y lo entiende desde el joven que recién arranca en su primer empleo hasta el abuelo que vio pasar decenas de crisis: el camino de la avivada, el atajo y el control estatal ahogado nos llevó al colapso. El camino del orden, el superávit, la producción y el respeto al que invierte es el único que genera futuro real.
Neuquén hoy no solo es el corazón energético de la Nación; es la prueba viviente de que cuando la Argentina decide hacer las cosas bien, no hay límite que no pueda superar.
Por: JJGONZALEZ